Sin embargo, entre el horror, la pérdida y la destrucción, emergió también una fuerza inquebrantable producto de la solidaridad y resiliencia del mismo pueblo guatemalteco, capaz de levantarse incluso desde los escombros.
A las 03:01:43 de la madrugada, un terremoto de magnitud 7.5 sacudió al país durante aproximadamente 39 segundos. Los testimonios de quienes vivieron aquella madrugada dan cuenta del horror: familias saliendo a oscuras de sus casas, gritos desesperados de personas encerradas por puertas atoradas, padres buscando a sus hijos entre los escombros, el olor a polvo y miedo impregnando el ambiente.
Las cifras recopiladas reflejan la magnitud del desastre: más de 23 mil personas fallecidas y 76 mil heridas, de las cuales aproximadamente 55 mil sufrieron fracturas. Miles de comunidades rurales fueron completamente destruidas, dejando a una quinta parte de la población guatemalteca sin techo.
UNA FALLA GEOLÓGICA DESDE IZABAL HASTA CHIMALTENANGO
El epicentro se localizó cerca de Los Amates, Izabal, asociado a la falla del Motagua, a unos 160 kilómetros al noreste de la Ciudad de Guatemala. El movimiento telúrico provocó una ruptura visible en la tierra de alrededor de 230 kilómetros, desde Puerto Barrios hasta Chimaltenango, y se sintió incluso en países vecinos como Belice, Honduras, El Salvador y México.
Hospitales, carreteras, edificios históricos y hasta el Palacio Nacional sufrieron graves daños. El 40% de la red hospitalaria quedó destruida, se interrumpieron las comunicaciones, faltó el agua potable y la electricidad desapareció durante horas y días.
LA SOLIDARIDAD QUE SOSTUVO AL PAÍS
Pese al panorama desolador, la respuesta solidaria fue inmediata y masiva. Los jóvenes se convirtieron en rescatistas improvisados, los médicos atendían sin descanso en hospitales colapsados, hubo madres cuidando a niños ajenos como si fueran propios, incluso el servicio del correo se reactivó al día siguiente para llevar cartas que se triplicaron, siendo el principal medio de comunicación en esa época. Se levantaron campamentos en espacios como el Campo Marte, donde miles de personas hacían cola para recibir alimentos. La Cruz Roja desempeñó un papel crucial en la atención médica, la distribución de víveres y la reconstrucción, sin que se registraran brotes epidémicos.
La ayuda internacional no se hizo esperar, toneladas de alimentos, agua potable, medicinas, ropa y tiendas de campaña llegaron de Estados Unidos y Alemania, entre otros países. El gimnasio 7 de Diciembre, en la zona 5 capitalina, fue utilizado para albergar y distribuir estos productos.
SE LEVANTA UNA NUEVA GUATEMALA
“Guatemala está herida, pero no de muerte” fue la frase del presidente Kjell Laugerud García que marcó a las generaciones que vivieron el terremoto de 1976. Con ese espíritu de superación y el apoyo internacional para la reconstrucción de carreteras, puentes y edificios públicos, el país empezó a levantarse.
Surgió el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (INSIVUMEH). Se impulsaron normativas de construcción antisísmica, abandonando progresivamente el adobe y adoptando materiales más resistentes, como block, cemento y hierro. La política de vivienda cambió y surgieron proyectos habitacionales como edificios multifamiliares y los primeros apartamentos.
Hoy, el recuerdo del terremoto de 1976 parece una historia lejana narrada por personas mayores; sin embargo Grupo AG, con el apoyo de Prensa Libre y la Cámara Guatemalteca de la Industria de la Construcción, recopila muchas de esas vivencias en la galería “Réplicas de Memoria, 50 años en 39 segundos”, una conmemoración a las experiencias de devastación, solidaridad y resiliencia medio siglo después. Porque lo esencial, como lo demostró la historia, siempre está en el interior. Visite la exposición, durante el mes de febrero, en el Museo Miraflores.



